Alta factura de clásicos azoto el Teatro Caupolican junto a D.R.I..

Uno a estas alturas puede decir lo que le plazca de D.R.I., sobretodo respecto a su nula cosecha discográfica a partir de la década del ’90, y está todo el derecho. Pero a nivel de espectáculo, la paliza sónica que esparcen los de Houston en sus directos, alcanza niveles demenciales de agresión y peligro más allá de todo protocolo convencional. Locura y violencia sónica llevados a un pináculo de caos suficiente como para sobrepasar en varios pasajes las barreras de seguridad establecidas para dicha jornada. La ‘mala leche’ del Thrash Metal y la ética del Hardcore-Punk y sus derivados respectivos, todos elementos probados durante la década del ’80 y con la virtud de mantenerse frescos durante más de 30 años, sin caer en la autoparodia y dándole a la música el aliento devastador con que todo se viene abajo desde el riff inicial, literalmente.

El combo liderado por Spike Cassidy y Kurt Brecht, pese a lo complicado que ha sido traerlo por estos rumbos, no destiñe en lo absoluto y lo que presenciamos -y vivimos- el domingo 8 de Marzo en el Caupolicán fue de esas jornadas en que no importó nada más que mandar todo a la cresta en favor de la música y descargar toda la ira ciudadana contra la autoridad nefasta. Sin espacio para detenerse a respirar, porque cuando se trata de D.R.I., el lado más sucio y podrido de la humanidad converge con la imbecilidad universal a la que estamos condenados de por vida social y moralmente hablando.

La apertura a cargo de Nuclear, dice mucho respecto al compromiso con un Chile que ya no toma posiciones de derecha e izquierda, sino apunta directo a la clase política que gobierna en favor de una minoría y se jode a la gente de a pie con sus gestiones negligentes. «Confront», de una y no te lo manda a decir con nade, como debe ser el Thrash Metal en toda su forma; atrevido y honesto en su mensaje de denuncia y derribando a quienes miran desde el poder y opinan desde la idiotez. «God Forsaken Life», «Violence That Burns» y «Killing Spree» salen a matar y enfrentar a quienes ejercen prácticas fascistas, como ha sido la tónica en la contingencia local estos últimos días.

La dedicatoria -siempre necesaria- de «F.P.S.C.» le da la razón -era que no- a un combo que la tiene clara cuando  se trata de apuntar y disparar a quienes detentan el poder sin importar el lado político, de la misma forma que «Apátrida» desencadena el mosh y grito finales con que la música se convierte en estandarte de lucha contra la injusticia y los verdaderos criminales. Por otro lado, también hay tiempo para que «No Light After All» nos proyecte un adelanto de lo que se propone Nuclear en su circa 2020. Por cierto, el «Piñera conch…» masivo ante el alborozo de la banda nacional, nos recuerda lo que genera el Metal en estos instantes decisivos para Chile: unión, actitud combativa y consecuencia al momento de jugarse, en poco más de un mes, la posibilidad de un pequeño (?) cambio en favor de quienes no tenemos nada.

Con el Caupo repleto en cancha y el ambiente ya caldeado para los sedientos de mosh y música extrema en el sentido literal de la frase, bastó el riff inicial de «The Application» para que Dirty Rotten Imbeciles desatara su poder destructor durante casi 90′ sin interrupción. «Hooked», «How To Act» y «Commuter Man» le siguieron de inmediato, sin descanso y generando la centrífuga humana con que los fans respondieron a la altura de lo requerido, pa’ variar. D.R.I. en todo su esplendor, brindándole al Metal el sentimiento Hardcore-Punk que lo hace arder todo a su alrededor sin distinción.

Breve saludo inicial y «Probation» irrumpe para continuar la carnicería y el moshpit se hace cada vez más intenso, sumándose las decenas de fans que se las ingeniaban como fuera para saltar al escenario, sobrepasando las unidades de seguridad que aplicaron esfuerzo al tratar de contener a quienes se entregaron a la locura y el riesgo. Todo aquello mientras los norteamericanos desplegaban su potencial musical brindándole protagonismo a la gallada sin ningún acto de parafernalia de por medio. Lo que llamamos acá ‘hacer la pega’, y bien hecha, con las imágenes del recordado VHS «Live At The Ritz» en la mente de quienes sabíamos que cualquier cosa podía pasar. No digas que no te lo dijimos si te avisamos que D.R.I. en sus directos barre con todo a su paso y sin contemplaciones.

«The Explorer», «Yes Ma’Am», «Acid Rain», «Mad Man», «Couch Slouch»… Puñetazos todos, directo al mentón y te vas K.O. para después levantarte y seguir en el moshpit hasta que el cuerpo no dé más. «Violent Pacification», por otro lado, se puede jactar de su condición de himno a su manera, expandiendo su groove de audacia y confrontación. Y es por eso que D.R.I. se ganó una reputación como exponente del género Crossover sin morir en ello. Ese toque de enfrentamiento e irreverencia con que la música se transforma en un arma letal frente a la cual solo queda una de dos: caer rendido de rodillas o dejar la vida en el moshpit. Para quienes optan por lo segundo, es un paso natural que no merece cuestionamiento alguno.

Reparando en lo que ocurre en el escenario, es poco lo que se puede agregar respecto a una banda que se concentra en hacer lo suyo y le deja el protagonismo visual al público. El vozarrón de Kurt Brecht escupe todo el odio del mundo sin necesidad de pirotecnia rockstar, mientras Spike Cassidy se siente en casa mientras desempeña su rol en el sonido clásico de D.R.I. con la sapiencia de los experimentados, incluso dándose el lujo de pasearse sobre su lado del escenario para acercarse a los fans que no daban más de euforia incandescente. En la batería, el histórico Rob Rampy expone sus credenciales detrás de los tarros con una soltura que sólo la experiencia y la calidad técnica pueden darles a los elegidos por la historia. Y en las bajas frecuencias, el chirrido de distorsión con que Greg Orr asume su labor en el muro sónico de los texanos, define por lejos lo que significa hacer del sonido un río de interferencia y locura que corre a través del torrente de Thrash y Punk que desemboca en la identidad de los padres del Crossover.

En plena recta final, parece que vamos a morir aplastados por la alta factura de clásicos que asoman casi sin aviso. «Suit & Tie Guy», «Manifest Destiny», «Thrashard», «Abduction», «I Don’t Need Society», «Beneath The Wheel» y el cierre con «The Five Years Plan». Y sí, una cantidad considerable de cuerpos saltando, con más de algún hueso roto y el circle-pit transformándose en un tornado de fuego y lava, con bengala incluida… ¿Qué análisis puede haber si no es con la mirada del fan que se entrega al caos musical en su forma más pura? Ninguno en el aspecto técnico al menos, porque cuando concluye este nuevo «cumpleaños de mono» animado por estos señores, reparamos en el secreto de esta música marginal hecha para personas marginales: sus exponentes no son tan distintos a nosotros. Por eso al menos su servidor creció con D.R.I. en su banda sonora de vida: porque es gente igual a mí y a los demás. Hay una mayoría que cree en dioses, cuando en realidad son gente como uno, pero elegida por la historia para unir dos mundos diferentes en apariencia.

Texto: Claudio Miranda

Fotografías: Mauricio Aguirre