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01 SEPTIEMBRE - GROOVE, BUENOS AIRES

MESHUGGAH EN ARGENTINA

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Los suecos Meshuggah dieron otra vuelta por Buenos Aires y se llevaron varios cerebros consigo, gracias a un show metódico que pasará a la historia. ¿Genialidad revolucionaria o embole absoluto? Solo quienes asistieron podrán decidir por una cosa u otra, pero con disco nuevo próximo a editarse, casi seguro que volverán por otra ronda. La cervical, bien, gracias.

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS? Una cosa es segura cuando se habla sobre Meshuggah, y es que estamos ante una banda que se ha labrado un lugar dentro de la escena de la música pesada a base de sonar como pocas. No hablamos de potencia, decibeles aturdidores ni nada que se le parezca: claro, no son tiernas personitas ejecutando villancicos, pero el asunto está en comprender la técnica con la que estos hombres hacen su arte. Tal vez había neófitos entre el público que esperaban otra cosa, y más de uno se sentirá identificado, pero la realidad es que es muy difícil medir la performance de esta banda de acuerdo a los cánones tradicionales de lo que entendemos por música pesada. Ver un show de estos suecos es lo más parecido a tener un debate con algún filósofo alemán y pretender salir ganando. ¿Son para cualquiera? Probablemente no, pero ahí están, desde hace un buen tiempo, marcando el paso y re-escribiendo los patrones neurales de sus oyentes… Sin más debate, podemos pasar al show en sí. Todo comenzó con una correcta y poderosa presentación de los platenses M28, quienes tuvieron un buen tiempo para entretener a los que llenaban Groove a la espera de la banda de la noche. Irónicamente, la potencia con la que sonaron, la propuesta y su estilo relativamente uniforme terminaría cuadrando muy bien como antesala del plato fuerte de la noche.

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PURO ACERO SUECO. Sin telón alguno y tras el tímido aviso de unas luces parpadeantes tuvimos la sensación de que algo estaba por comenzar. Un misterioso y prolongado zumbido introductorio se hizo presente en el reciento como si de un ejército de abejas se tratase, para finalmente dar paso a los músicos que, instrumentos en mano, pasaron a ocupar sus lugares en el escenario entre los gritos y aplausos de la concurrencia. Al centro, Jens Kidman en voces y detrás, Tomas Haake en batería; flanqueando a estos, tuvimos a los guitarristas Fredrik Thordendal y Mårten Hagström y finalmente a Dick Lövgren con el bajo. Sin respiro, “Perpetual Black Second” comenzó a sonar y dio la pauta principal de la noche. Lo primero que se esperaba era un sonido claro, contundente, que pasara entre todos como aplanadora, pero sin ser una bola de ruido insoportable y horrenda. Y ahí cumplieron con creces, pues ese nivel de excelencia nunca decayó. Lo segundo fue el show de luces perfectamente sincronizado con la batería de Haake, otro hermoso detalle que sin duda ayudó -tanto como la música- a hipnotizar al público. Tal vez el material perteneciente a discos como “Nothing” u “obZen” se parece más a lo que uno acostumbra a escuchar, salvando las enormes diferencias que lo emparentan muchísimo con el jazz y la experimentación musical. Ahí tenemos a “obZen”, “Bleed”, “Stengah” y “Lethargica” como exponentes, y hasta lo mismo podría decirse de “The Hurt That Finds You First” o “Do Not Look Down” desde el álbum “Koloss”.

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A BUEN ENTENDEDOR, POCAS PALABRAS. Así fluye la música de Meshuggah, con pocas pausas y una absolutamente mínima comunicación con el público, limitada a algún que otro agradecimiento de parte de Kidman. Haake es un espectáculo aparte; como baterista es excepcionalmente hipnótico, llevando el ritmo de manera atípica con respecto a las otras bandas que uno normalmente escucha. Las guitarras de ocho cuerdas de Thordendal y Hagström suenan al frente y el bajo de Lövgren seguro está ahí, por más que cueste diferenciarlo de toda esa artillería. La garganta de Kidman escupe las letras con una fuerza admirable, y esa estructura robótica hace que las cabezas se muevan al son de toda esa fuerza combinada. Es cierto que al mismo tiempo puede volverse monótono, algo que podría señalarse como negativo, pero así está estructurada la música que hacen. Basta ver toda la progresión entre las tres piezas pertenecientes al disco “Catch Thirty Three”, que son “Mind’s Mirrors”, “In Death Is Life” y “In Death Is Death” para al menos intentar entender y describir cual es el estilo de una banda que, en sí, es inclasificable.

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DEUS EX MACHINA. No hay mucho más que agregar, salvo que la concurrencia colmó una parte más que importante de Groove, sorprendiendo en nivel de convocatoria a una banda que se promociona casi solo con el nombre que se labró para sí. Por aquí todavía resuenan los golpes de Haake, los acordes entrecortados de las guitarras y bajo, y la áspera garganta de Kidman. Les bastó descansar un poquito para luego cerrar con “Demiurge” y “Dancers To A Discordant System”… Nunca sabremos si son androides o no, pero está claro que no son para cualquiera.

Reseña escrita por Sebastián Sánchez.
Fotografías gentileza de Viktoria Lagos.



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